Al momento de nacer, tenemos la dicha (la mayoría de las veces) de hacerlo dentro de un núcleo formado por el amor y el respeto que los padres edificaron, es decir, en un lugar seguro dónde crecer mientras vamos adquiriendo una personalidad, criterio y madurez para enfrentar al mundo.

Por otro lado, analizando un poco más, podemos ver que la tolerancia, el respeto y los valores, aunados a lo anterior, representan los clavos fundamentales para lograr la cohesión entre personas con distintas capacidades, cualidades y formas de pensamiento, pero el amor, que se traduce en el querer y aceptar a los miembros de la familia como son, con sus defectos y virtudes, es en realidad la base sobre la cual se edifica todo, un compromiso de vida.
Así, mientras vas creciendo, aprendiendo y fortaleciendo estos lazos, -comparable al hecho de regar, abonar y cuidar una rosa-, pierdes miedos absurdos que no te dejan avanzar para conseguir tus metas, te sientes respaldado y apoyado a cada paso que das. Los problemas, las tristezas, los errores, los tropiezos, siguen estando ahí, como las piedras necesarias para poder avanzar y evolucionar, pero sabes que sea cuál sea el obstáculo, tu familia siempre te apoyará y te ayudará a encontrar una nueva visión para solucionarlo.

Alzé la mirada y ahí estaban sin dudar, sin hablar, esperando mi voz de pie junto a mí.
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